COLUMNAS

El tiempo no es dinero

Gonzalo Iparraguirre

El tiempo no es dinero1 . Desde una mirada antropológica, esta frase nos permite reflexionar e interpretar, porqué el orden global hegemónico naturaliza y reproduce a diario, que el fenómeno del tiempo es un recurso más a utilizar y que puede asociarse al dinero.

La frase “el tiempo es dinero” reproduce un imaginario social que naturaliza que el tiempo es un recurso. Esta simple oración, cristaliza una creencia que arrastramos de por vida: que el tiempo se puede tener, y por lo tanto, usar, gastar y ahorrar, como si fuera dinero. El famoso dicho en inglés, “time is money”, es otra de las expresiones cotidianas que promueve la confusión de creer, que gestionar el dinero y el tiempo, es lo mismo. Son afirmaciones del sentido común, que la opinión pública reproduce a diario, y que no tienen ninguna fundamentación científica.

El primer registro escrito de esta frase es del político norteamericano Benjamin Franklin. Su rostro puede resultarles más familiar que su nombre. Es el señor simpático de pelo largo que personifica los billetes de 100 dólares estadounidenses. La célebre cita fue publicada en 1748, en su escrito Consejos a un Joven Comerciante, en el cual sentenció: “Considera que el tiempo es dinero […] considera que el tiempo es crédito […] Considera que el dinero es fecundo y provechoso.”2  Deténganse a leer la cita nuevamente, lentamente, y piensen que la escribió hace ¡275 años! En términos generacionales, esa frase está dando vueltas al mundo hace más de 9 generaciones. Si vos sos la generación 1, tus padres la 2, tus abuelos la 3; ahora pensá cuantos parientes te faltan para llegar a la 9. Si tuvieras que armar la mesa para festejar año nuevo, necesitarías al menos 256 sillas y unos 100 kilos de vitel toné.

Esto explica claramente la pregnancia semántica de este imaginario, el “peso histórico” como suele llamarse desde el sentido común. Gilbert Durand nos aporta una explicación exquisita para los imaginarios que persisten entre generaciones. El antropólogo francés argumenta que, las cuencas semánticas (conjunto de saberes compartidos por una cultura), persisten entre las generaciones, ya que sobreviven en cúmulos testigos de memoria colectiva (monumentos, documentos, tradiciones, bibliotecas, modos de vida). Esto permite trascender el ciclo de vida de una persona, y la continuidad solidaria de las tres generaciones que conviven durante un siglo, a veces hasta cuatro3. Lo que uno habla con sus abuelos por ejemplo, es directo, como lo hacemos inevitablemente con nuestros padres e hijos –¡al menos hasta la adolescencia! La comunicación de bisnieto a bisabuelo, ya es más improbable, aún cuando conviven, ya que no llegan a interactuar fluidamente para llegar a compartir una misma cuenca semántica. Pasados ya casi tres siglos, el imaginario de asociar tiempo a dinero, que atribuimos a Franklin y colegas, se ha convertido en un credo. Es un sistema de creencias, económico y religioso. Es el espíritu del capitalismo, como bien lo definió Max Weber.

El sociólogo alemán propuso que la ruptura del catolicismo al protestantismo en el mundo sajón, conllevó situar el paraíso más acá del mundo extraterrenal, generando en la praxis económica, un acceso al capital, y por lo tanto, al paraiso comprable, comercial y material. Este espíritu se construyó, en base a una temporalidad que racionalizó la mensura del devenir en cuántos organizados de tiempo –como lo sentenció Marx en El Capital–, es decir, de rutinas de trabajo y transformación del trabajo en dinero y en capital. Es decir, la racionalización del paraíso que descubrió Weber, como base ética para desplegar la lógica del capitalismo, está enraizada en una temporalidad lineal que ordena el pasado (esfuerzo), y el futuro (resultados), en una misma cadena de acciones. Este fue el proceso histórico que promovió, la fusión de una ética religiosa, de una lógica productivista y una temporalidad lineal indiscutible. Para el mundo occidental comerciante del Siglo XVIII, un nuevo dogma se había forjado entre los astilleros y el oro acumulado en los viajes por el mundo: el tiempo es dinero.

Recapitulemos entonces la lógica de este credo. El primer paso para gastar dinero es tenerlo. Una obviedad. No es posible usar el dinero sin tenerlo. Ahora, si el tiempo es dinero, ¿cómo se podría gastar tiempo sin tenerlo? ¿Se puede tener tiempo? ¿Quién podría demostrar que tiene tiempo en algún lado? ¿Porque creemos que el tiempo se puede tener? Tener tiempo se vincula con disponer, comprar y ahorrar tiempo. Frases como “controlar tu tiempo es el mayor dividendo que reporta el dinero”4  cristaliza que tener dinero te permite controlar el tiempo. Todas esas analogías se apoyan en la primera: tener tiempo. Esto supone, asumir que el tiempo es un recurso divisible, al igual que el dinero. Pero esto es sencillamente imposible porque el tiempo es el fenómeno del devenir. Es decir, aquello que da existencia y cambio a todo el cosmos, independiente de toda interpretación humana. Lo comprendemos al ver el Sol, al sentir la lluvia, al escuchar el oleaje del mar. Ahora bien,  nos vinculamos al tiempo a partir de nuestra experiencia de ese devenir y le damos diferentes interpretaciones. Estas son nuestras temporalidades. Es decir, las múltiples interpretaciones que los humanos tenemos sobre el tiempo, son temporalidades.

Por lo tanto, no podemos dividir el tiempo, solo disponemos de experimentar el devenir y accionar en ese fluir, sin poder tenerlo, apropiarlo, sujetarlo o controlarlo. No tenemos algo que no podemos manejar, ni gestionar, ni controlar. No tenemos tiempo, nunca lo tuvimos, solo lo vivenciamos mientras fluimos en el devenir. El tiempo no se puede tener. Creer que se puede tener el tiempo conlleva contradicciones rítmicas que, en algunas circunstancias, te lleva a querer controlarlo, y puede terminar en acciones nocivas y auto-destructivas.

En síntesis, uno no puede tener tiempo, y por lo tanto, ni perderlo, ni ganarlo, ni ahorrarlo, ni comprarlo; nada de eso es físicamente posible porque el tiempo no es un recurso. Todas esas frases son simplificaciones que reducen toda acción humana a un valor económico, como si no existieran otros valores vinculados a nuestra experiencia del tiempo. Acciones como comprar y usar, se aplican a bienes que literalmente se pueden consumir, como los alimentos, o a bienes que se pueden gastar, como los vehículos. Todas ocurren durante el transcurso del tiempo, se trate de instantes o de años. Pero esto no significa que requieran de consumir tiempo para realizarlas. El tiempo no es un bien, ni un recurso, ni un commodity, ni nada que se le parezca. El tiempo no es dinero.

Tornquist, Abril 2024

 

Dr. Gonzalo Iparraguirre: LITERA-UdeSA. www.gonzaloiparraguirre.com
1. Esta columna contiene fragmentos del libro en prensa a publicarse durante 2024 por la Editorial Paidós.
2.  (Franklin, 1882: 1).
3. (Durand, 2003: 112).
4. (Housel, 2023: 109).